




Cuando pensamos en una inundación, lo primero que solemos preguntarnos es cuánto llovió. Una lluvia intensa no explica por sí sola que una ciudad se inunde. También importa cómo el territorio está preparado para recibir, infiltrar, almacenar y conducir ese volumen de agua.
En las ciudades, gran parte del suelo se encuentra cubierto por calles, veredas, techos y otras construcciones. Esta impermeabilización reduce la capacidad de infiltración y hace que una mayor cantidad de agua escurra rápidamente por la superficie. Si las precipitaciones son muy intensas y se concentran en poco tiempo, los sistemas de drenaje pueden no tener capacidad suficiente para conducirla y se generan anegamientos e inundaciones.
Nuestra ciudad conoce muy bien esta situación. El 2 de abril de 2013, una tormenta extraordinaria puso en evidencia la compleja relación entre un evento climático extremo y las condiciones del territorio. El partido de La Plata está atravesado por diferentes cuencas y cursos de agua, algunos visibles y otros canalizados y conducidos mediante infraestructura subterránea. Es sobre y alrededor de ellos que se desarrollaron viviendas, calles, plazas, industrias y actividades productivas. La forma en que ocupamos y transformamos estos espacios influye en la respuesta del territorio frente a las lluvias intensas.
Es justamente aquí donde adquiere importancia la mirada de la Ingeniería Forestal. En la carrera, la materia Manejo de Cuencas Hidrográficas permite comprender el territorio de manera integral, considerando a la cuenca como una unidad de paisaje donde interactúan factores como el clima, el suelo, la vegetación y el relieve, junto con la población, las actividades productivas, la infraestructura y las formas de ocupación del territorio.
La vegetación también cumple un papel importante. En una superficie natural, parte del agua puede infiltrarse en el suelo, almacenarse temporalmente o ser interceptada por la vegetación. En particular, los árboles pueden contribuir a regular el agua de lluvia mediante la intercepción de las precipitaciones, el almacenamiento temporal, la evapotranspiración y la interacción de sus raíces con el suelo.
Por eso, promover un arbolado urbano planificado y saludable, conservar espacios verdes e incrementar las superficies permeables son algunas de las estrategias que, junto con el adecuado mantenimiento de los sistemas de drenaje y el ordenamiento territorial, pueden contribuir a reducir la vulnerabilidad de nuestras ciudades.
No podemos decidir cuánto va a llover ni evitar que ocurra un evento extremo. Pero sí podemos trabajar para que el territorio esté mejor preparado.
La gestión de las inundaciones no comienza cuando el agua llega a las calles. Comienza mucho antes, cuando decidimos cómo ocupar, planificar y manejar nuestro territorio. Porque el agua no reconoce calles ni límites administrativos: sigue su propio camino.
Aprender a leer ese camino desde la perspectiva de una cuenca es también una forma de cuidar a la sociedad y al ambiente. Formate para diseñar soluciones reales frente a la urgencia climática. Vení a la Facultad de Ciencias Agrarias y Forestales de la UNLP. Tu futuro es acá.